¿porque estamos tan contentos de ser postmodernos?





Ante todo, porque ya no pasa nada. ¿Para qué pensar entonces? Vivimos en un mundo de imágenes: “gustar, gustar a los demás, gustarte a ti mismo…”, ésta es la consigna. El espacio y el tiempo han sido abolidos: la imagen no está sujeta a ellos, ha suspendido sus efectos, los ha superado. La peluquería, la moda, la publicidad, el diseño, pertenecen en realidad a un “discurso” más amplio, más profundo. La televisión, los mass-media, nuestra propia inteligencia no nos informa de lo que ocurre; mas no porque se engañen sino porque, sencillamente se limitan a in-formar: no podrían relatar con imágenes la realidad cuando la realidad misma es imagen. ¡La realidad no existe! La imagen ha exorcizado lo real, ha usurpado y sustituido lo real…, ha barrido la negra e inconjurable raíz de castaño sartreana del horizonte de nuestros problemas. Basta con que una catástrofe, una guerra, un bombardeo aparezca en la pantalla de un televisor para que se convierta inmediatamente en algo que no ha sucedido. El hiperrealismo de la imagen nos inmuniza contra la realidad, desplaza la realidad al universo de la noticia, es decir, a un universo en el que no hay verdaderamente acontecimientos. Hay películas de la Segunda Guerra Mundial; luego tal cosa nunca ocurrió. Imágenes, imágenes vertiginosas, fulminantes, divertidas. Somos finalmente dueños de la Historia, conservamos su fotografía y podemos, por tanto, olvidarnos de su realidad. Si la realidad fuera real, ¿para qué tendríamos necesidad, además, de su imagen? Los mismísimos filósofos ilustrados aprobarían este argumento: si la imagen no añade nada a la razón, si no hace más que reproducir lo real, ¿cómo podría ni tan siquiera haber imágenes? Estos pensamientos no son ya paradójicos en la postmodernidad: el diseño, la moda, la publicidad e incluso el periodismo han tenido el valor de aceptarlos. Sólo quedan unos cuantos filósofos, unos pocos modernos obstinados en seguir pensando, repitiendo monótonamente que una imagen ni aclara nada ni puede refutar a un concepto, aunque sea –desde luego- mucho más convincente. Sólo ellos se empeñan todavía en creer que Etiopía, Libia, Nicaragua, Reagan, Gorbachov, las nubes radiactivas o la jornada laboral de ocho horas son otra cosa que hueros caracteres de imprenta o imágenes del telediario. Algunos marxistas incluso se complacen en afirmar que constituyen realidades, perfectamente explicables, por lo demás, mediante conceptos de reiterada modernidad.