Y ya no importa si nunca aprendiste a mentir. Me dijiste: “Cauterizaré toda herida que te sangre, y aunque me hieras no te dejaré, soy adicta a tus desastres”. A sangre y fuego, desciende Orfeo. Te extraño tanto que te odio. Y si no puedo, nadie va a tenerte. Capuchas blancas y fuego en la cruz. He cazado hombres y animales. Y ahora grito: “Cauterizaré esta herida y a tu amante”. Desciendo lento la escalera. Un ser absurdo me susurra al oído, y dice: “Bendito el que cree en el sueño americano. Bendito el que muere en suelo americano”. Víctimas y victimarios, felices cuarenta años. Y américa no es un país. Toda la ambrosía está en el suelo, mientras estos cerdos visten sus atuendos. ¿Dónde estás? Alcanzar con fraude y muerte lo más bello. Cauterízame.